Como muchas historias que merecen la pena, la de la Güela empezó casi sin querer.
La idea surgió cuando Borja y Pelayo lanzaron una propuesta sencilla: organizar una espicha entre amigos. Nada especialmente ambicioso, solo una excusa para juntarse y pasar un buen rato.
A partir de ahí nació un pequeño grupo de WhatsApp al que fueron entrando varias personas. Entre ellos Edu, Juanfran, y más adelante David, Enol y Chimy. El grupo, fiel al espíritu de lo que estaba pasando, se bautizó con un nombre bastante honesto:
“Desorganización”.
El plan inicial era muy simple: hacer una única espicha.

Pero cuando llegó el momento de reservar, apareció el primer problema. Los locales pedían un mínimo de unas 30 personas, y durante unos días la sensación era que igual no se llegaba. Incluso se llegó a plantear cancelar la idea antes de empezar.
Finalmente se decidió tirar adelante.
Se hizo un cartel sencillo con un enlace para entrar a un grupo de WhatsApp, se empezó a mover entre amigos… y entonces pasó algo inesperado.

La gente empezó a apuntarse.
Amigos de amigos, conocidos de conocidos. El enlace empezó a moverse y pronto quedó claro que sí se iba a llegar al mínimo. De hecho, se llegó al punto en el que ya no se podía ampliar más la reserva.
Fue en esos días cuando ocurrió otro momento clave: el nacimiento del nombre.
Mientras algunos probaban ideas con ChatGPT, Borja lanzó una propuesta propia que jugaba con la famosa frase popular:
“Éramos pocos y parió la güela”.
La adaptación fue inmediata:
“Espichó la Güela”.
Y el nombre se quedó.
En paralelo, Juanfran empezó a darle forma a todo aquello que estaba naciendo casi sin darse cuenta: logotipo, pegatinas, pulseras, redes sociales e incluso una narrativa alrededor del personaje de la Güela.
También surgió la idea de que, en la primera espicha, la propia Güela apareciera en persona.
Y así fue.
Durante la primera espicha, celebrada el 28 de noviembre en La Puerta de Cimadevilla (Oviedo), la gente llegó pensando que iba simplemente a una cena. Pero pronto empezaron a aparecer los detalles: pulseras, pegatinas y sorpresas que empezaban a dar identidad al encuentro.
Cuando la noche se acercaba a su final, llegó el momento más inesperado.
La Güela apareció entre los asistentes.
Disfraz mediante, el personaje hizo su entrada provocando risas, fotos y algún momento de tensión, porque la máscara era tan infernal que casi acaba cayendo por las escaleras y por poco se afuega dentro de ella.
Pero sobrevivió.

Y esa noche dejó algo más importante que una simple anécdota.
Porque durante las semanas previas ya había empezado a pasar algo curioso: la gente estaba muy metida en el plan. Había conversaciones constantes por los grupos, interacción en Instagram y un ambiente que iba mucho más allá de una cena puntual.
El propio Instagram se había creado casi con un objetivo práctico: que la gente pudiera cotillearse un poco antes de la espicha, ya que muchos no se conocían. Y funcionó. Hubo quien llegó al evento habiendo seguido ya a medio grupo.
Fue en ese ambiente cuando empezó a surgir una idea que nadie había planeado del todo.
Quizá la espicha no era solo una espicha.
Quizá podía repetirse.
Quizá la Güela acababa de nacer.
Y así, casi sin buscarlo, lo que iba a ser una única cena entre amigos empezó a convertirse en algo más.
Una pequeña comunidad que se reúne alrededor de algo muy sencillo:
comer, reír, conocer gente nueva y pasar un buen rato.
Porque al final todo empezó con una frase que hoy ya forma parte de la casa:
Éramos pocos… y espichó la Güela.

